Seiscientos

Si es cierto que al diablo le gusta jugar con los números también lo es el margen que deja para adivinar su estrategia. En el formidable cuento de Hans Magnus Enzensberger, El diablo de los números,  al pequeño Peter le cuesta entender su mensaje y durante diez largas noches sufre de pesadillas en las que un pez enorme, salido de los números, amenaza con devorarle.

Los números carecen de intencionalidad pero los humanos los hemos adaptado para socorrer nuestras angustias, calmar nuestros sueños. El número seiscientos está escogido al azar pero si rebuscamos en el tiempo veremos que no está exento de historia y emociones. En el 600 a.C. la cultura griega inició su florecimiento de la mano de los grandes intelectuales quienes en sus amplias obras matemáticas revelaron su espíritu racional, crítico y libre. Una doctrina que se prolongaría justo un milenio cuando dejó finiquitada la civilización griega antigua. El viaje de los números no se paró ahí, se manifestó en muchísimas otras ocasiones viajando en ese túnel del tiempo. Recordemos, con carácter sentimental, la aparición del mismo número en época más cercana. El Seiscientos o Pelotilla, al que también se le denominó ombligo  “porque todo el mundo lo tenía” fue el símbolo del desarrollismo franquista que ayudó a los obreros de España a descubrir un país latifundista adornado con esparto, mocos y poco más.

Para hacer desaparecer esa geografía hubo que luchar arduamente para conseguir billete para Europa de la años más tarde nos viene ahora otro seiscientos, esa barrera psicológica que nuestro país acaba de superar ligada a la prima de riesgo y que de continuar esa tendencia hará que nuestra economía, nuestras vidas y nuestro futuro estén bajo vigilancia y tutela de nuestros vecinos. En un breve espacio de tiempo nuestro país pasó de ser una sociedad industrial a otra de la información  donde el individualismo del que habla Fukuyama en  su libro La gran ruptura ha hecho más vulnerable nuestra democracia con la consiguiente pérdida de valores y desprecio a las instituciones, algunas de ellas a veces multiplicando sus actos irresponsables. Hemos estado demasiado tiempo de guateque y “nadie se ha atrevido a retirar la ginebra a tiempo”  como advirtió, con la crisis en sus primeros balbuceos, el comisario, Joaquín Almunia, en una reunión con la prensa en el Berlaymont, sede de la Comisión Europea, cuando era responsable de asuntos económicos y responsable de tirar de las orejas al gobierno español.

Y todo esto transcurrido en un breve espacio de tiempo y pese a las advertencias repetidas de Bruselas que estaban haciendo llegar a nuestros políticos. La salmodia de declaraciones en la que incurrieron las autoridades españolas fue tan incomprensible como cacofónica. Nuestra economía no sólo se estaba comportando bien sino que no había nada que temer. Incluso cuando las estadísticas de Eurostat anunciaron a principios de 2008 que la economía española se estaba acercando peligrosamente, trimestre tras trimestre, al crecimiento cero, nuestro ministro de economía de entonces, Pedro Solbes, persona de sobrada inteligencia, dejó una frase que se repetiría en los medios de comunicación seiscientas veces  sobre la posibilidad de “ poder rozar el larguero en algún momento” rescatando así el símil la reciente borrachera futbolística  del triunfo de la roja frente a Alemania, ese país que hoy nos pone poco a poco al borde del precipicio.

Si Mariano Rajoy, como el pequeño Peter, soñara alguna vez, podría ver que el pez de los números está muy cerca de acabar con todo esto. O despierta o desparecemos en la boca del escualo. Queda el mismo tiempo que las seiscientas palabras de este artículo.

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